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Una diferencia bien luterana

Esta es una reflexión que surgió después de una conversación con alguna persona, la cual quería saber cómo entendíamos los luteranos que llegamos a la salvación.

Esta persona, como muchas, cree que la salvación depende de si misma. Exteriormente su vida de piedad es innegable y esforzada. Ora varias veces al día reconociendo sus pecados y en arrepentimiento acude a su Dios. Como muchos, trata de vivir una vida sin tacha, absteniéndose de lo malo, procurando hacer el bien, reflexionando y analizando su vida para encontrar allí sus errores.

¿Por qué dejo entender que esto no es así? ¿Por qué me animo a decir que esa persona cree que su salvación depende de si misma? ¿No es esa persona un reflejo de lo que creen muchos miembros de la iglesia luterana? De hecho, muchos en nuestra iglesia actúan y piensan como esa persona. Hacer el bien, arrepentirse, confesarse, no hacer el mal, auto-examinarse. Acaso no es eso lo que hace un cristiano. Bien, pero resulta que esta persona no es cristiana, sino musulmana. Ahora me dirán que están de acuerdo conmigo, pero sin esa información, uno podría haber pensado que se trataba de una persona miembro de nuestra iglesia. ¿Cuál es la diferencia?

No pretendemos analizar aquí las diferencias entre cristianos y musulmanes, sino reflexionar sobre nuestra situación espiritual: ¿Por qué me pude confundir con un musulmán (sin desprecio alguno)? Los luteranos nos califican de cerrados, entre otras cosas, porque no hacemos concesiones sobre lo que dice la Palabra de Dios. ¿Cuándo se confundieron las cosas? ¿Cuándo nuestra piedad se ha desvirtuado y ha dejado de ser particular al luteranismo? No puedo responder esa pregunta. Sería interesante buscar las causas de esta situación. Pero en esta oportunidad quiero que veamos porque hablo de salvación por si mismo, un concepto antagónico al luteranismo.

Muchos creen, aún en las filas de la iglesia luterana, que la salvación viene por hacer el bien. Me pregunto ¿Dónde hemos dejado la gracia? ¿Dónde hemos dejado a Cristo? ¿Tan inútil ha sido su obra? Los luteranos reconocemos una realidad en nuestra confesionalidad: todo ser humano es pecador desde su concepción, y ese pecado impide la relación con Dios y amerita la condenación. El pecado enciende la ira de Dios y no deja escapatoria para el ser humano. ¿Cómo llegamos entonces a la salvación (preguntó esta persona)? Pues allí es donde entra la pieza fundamental de este rompecabezas: Cristo. Él es la respuesta de Dios a este dilema humano.

Dios nos quiere en comunión con él, quiere que nos salvemos de la condenación que él mismo ha sentenciado. Podría haber declarado un indulto para toda la humanidad, pero de esa manera Dios dejaría de ser Dios, iría contra si mismo, se convertiría en injusto. Entonces ha buscado otra manera, pues su amor no le permitía cerrar los ojos al destino de la humanidad. ¿Cómo salvar a la humanidad y seguir siendo Dios Justo? Pues alguien debía hacerse cargo de la deuda humana, de la culpa, del pecado. Este alguien, a su vez, debía estar libre de pecado, sino no podría saldar una deuda ajena. Cristo es ese alguien.

Puro, santo, perfecto, Cristo se acercó a la miseria humana para librar a la humanidad de esta. Con su vida sin tacha cumple la voluntad de Dios de santidad y justicia perfectas. Con su muerte recibe el castigo de Dios sobre el pecado humano, la culpa es quitada, el perdón se vuelve una realidad para la humanidad. Cristo ha conseguido el perdón absoluto para todos, perdón que otorga como un regalo, inmerecido por nosotros por cierto. Este favor divino es la gracia de Dios. Nos da lo que no podíamos conseguir, la salvación, la declaración de inocencia ante su santo juicio. Ya no cuenta lo mucho o poco que hayamos hecho de bien en nuestra vida, lo que cuenta es la justicia de Cristo y la gracia de Dios.

¡Demasiado fácil! Esto me respondió esa persona. Tal vez se haya reído interiormente. Le pareció ridículo. No hay que hacer nada para lograr la salvación. La Biblia dice que el mensaje de Cristo a muchos les parecerá una locura y a otros les será de tropiezo.

No es para nada fácil. Primero porque no le fue fácil a Cristo llevar los pecados humanos y sufrir lo que sufrió por causa de ellos. Segundo, no es fácil, porque demanda de nosotros deponer el orgullo. Nuestro orgullo nos quiere hacer creer que todo lo podemos, y que también podemos con Dios y con el pecado: Que con oraciones, confesión y buenas obras conseguiremos el cielo.

Deponer el orgullo para el ser humano, diría que, es casi imposible. Es más, los que confiamos en la gracia de Dios y en Cristo como único camino a la salvación, no es que seamos mejores que los demás, que seamos superhombres, y hayamos conseguido dominar nuestro orgullo. Para nada. Dios mismo embistió nuestro orgullo y lo hizo polvo cuando nos confrontó con su Ley y con la realidad de nuestro pecado. Ante los hechos no pudimos más que inclinarnos, caer de rodillas, e implorar piedad.

Humillados, no por nosotros mismos, sino por Dios, pedimos perdón. Perdón por nuestra ignorancia, por nuestro orgullo, por nuestra soberbia, perdón por todos nuestros pecados. Como conocemos a Cristo y su Palabra, también nos alegramos, porque desde el suelo donde caímos, nuestro Dios nos levanta con su gracia. Su perdón nos da fuerzas para mirar hacia el cielo y esperar de Él todo lo necesario. Su perdón y su gracia nos motivan a alejarnos de la maldad; su perdón u su gracia nos motivan a servir a nuestro prójimo; su perdón y su gracia nos motivan a revisar diariamente nuestra vida y confesarnos pecadores con la certeza de vivir en completa comunión con Dios.

Nuestro anhelo es el cielo, y ya lo tenemos, nuestro objetivo ya no es conseguirlo sino agradar a quién nos lo ha dado. Exteriormente, tal vez no se vea la diferencia, pero interiormente hay una paz inmensurable, hay una alegría viva. Ya no hay dudas sino que hay seguridad de salvación. A Cristo sea la gloria por siempre.

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