Ha sido creencia general, no sólo del pueblo, sino también de los instructores en la Iglesia, que la distinción respecto de las comidas y otras tradiciones humanas similares son obras útiles para merecer la gracia y para hacer satisfacción por los pecados . Que también el mundo pensaba así, se desprende del hecho de que diariamente fueron instituidas nuevas ceremonias, nuevas órdenes, nuevas fiestas, nuevos ayunos, y los doctores en la Iglesia exigieron estas obras como un culto necesario para merecer la gracia, y llenaron de terror las conciencias de la gente, cuando omitían alguna de estas cosas. De esta persuasión en materia de tradiciones sobrevinieron muchos perjuicios a la Iglesia.
En primer lugar, ha sido oscurecida la doctrina de la gracia de Cristo y de la justicia de la fe, la cual es la parte principal del Evangelio, y debe ser exaltada como la doctrina preeminente en la Iglesia, a fin de que el mérito de Cristo sea bien conocido y la fe, que cree que los pecados son perdonados por causa de Cristo, sea exaltada muy por encima de las obras. Por eso también Pablo da la mayor importancia a este artículo, no dando importancia a la Ley y a las tradiciones humanas, a fin de mostrar que la justicia cristiana es algo más que las obras de este género, a saber: la fe, que cree que los pecados son gratuitamente perdonados por causa de Cristo. Pero esta doctrina de Pablo ha sido casi totalmente ocultada por las tradiciones, las que han formado la opinión de que se debe merecer la gracia y la justicia por la distinción en comidas y cultos parecidos. Cuando se hablaba del arrepentimiento, ninguna mención se hizo de la fe; solamente fueron propuestas estas obras satisfactorias; parecería que en ellas existiera todo el arrepentimiento.
En segundo lugar, estas tradiciones oscurecieron los Mandamientos de Dios, porque las tradiciones fueron colocadas muy por encima de ellos. El cristianismo era conceptuado como una mera observancia de ciertos días de fiesta, ritos, ayunos y vestiduras. Estas observancias habían ganado para sí el muy honrado título de ser la vida espiritual y la vida perfecta. Entre tanto, los Mandamientos de Dios, según la vocación de cada uno, no merecían ningún honor; que el padre de familia educara a su prole, que la madre diera a luz, que el príncipe gobernara el estado: estas cosas eran reputadas como obras mundanas e imperfectas, y muy inferiores a aquellas observancias aparatosas. Y este error atormentaba muchísimo a las conciencias pías, que se afligían al considerarse en un estado de vida imperfecto, por ejemplo en el matrimonio, en la magistratura, o en otras funciones civiles; por otra parte, fueron admirados los monjes y sus similares, y las observancias de ellos fueron falsamente juzgadas más gratas a Dios.
En tercer lugar, las tradiciones eran muy peligrosas para las conciencias; porque era imposible observar todas las tradiciones, y sin embargo se consideraban estas observancias como actos necesarios del culto. Gerson escribe que muchos cayeron en desesperación, y también que algunos se suicidaron, porque comprendieron que no podían cumplir las tradiciones, y mientras tanto, no habían escuchado consolación alguna acerca de la justicia por la fe y acerca de la gracia. Vemos que los teólogos juntan las tradiciones y buscan alguna moderación para aliviar las conciencias; pero con todo esto, no libertaron suficientemente las conciencias, sino que, al contrario, las enredaron aun más. Las escuelas y los sermones estaban tan ocupados en dar cuerpo a las tradiciones que no quedaba oportunidad para tocar las Escrituras y buscar la doctrina más útil de la fe, de la cruz, de la esperanza, de la dignidad en los asuntos civiles, de la consolación de las conciencias penosamente tentadas. Por eso Gerson y otros teólogos se quejaron amargamente de que, por estas disputas sobre las tradiciones, estaban impedidos para poner su atención en una doctrina, de mejor calidad. También Agustín prohíbe que las conciencias de la gente sean cargadas con estas observancias, y prudentemente amonesta a Januario, que sepa que han de ser observadas como cosas indiferentes; pues estas son sus palabras .
Por eso los nuestros no deben ser considerados como si hubiesen emprendido esta obra temerariamente o por odio a los obispos, como algunos equivocadamente sospechan. Gran necesidad habla de amonestar a las iglesias con respecto a estos errores que tienen su origen en las tradiciones mal entendidas.
Pues el Evangelio nos obliga a insistir en las iglesias sobre la doctrina de la gracia y de la justicia por la fe, la cual, sin embargo, no puede ser entendida si los hombres piensan que merecen la gracia por observancias de su propia elección.
Así, pues, enseñaron que no podemos merecer la gracia o ser justificados por el cumplimiento de tradiciones humanas. Por eso no debemos pensar que tales observancias sean actos necesarios del culto. Añaden el testimonio de las Escrituras. En Mateo 15:9 Cristo defiende a los apóstoles, que no habían observado la tradición usual, la cual evidentemente se refería a una cuestión que no era ilegal, sino indiferente, y tenía alguna relación con las purificaciones de la Ley, y dice: "Pues en vano me honran, Enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres". Por tanto, Él no exige un culto inútil. Un poco después añade: "No lo que entra en la boca contamina al hombre" (Mt. 15:11). Pablo también afirma: "porque el reino de Dios no es comida ni bebida" (Ro. 15:17) y en Colosenses dice: "Por tanto, nadie os juzgue en comida o en bebida, o en cuanto a días de fiesta, luna nueva o días de reposo" Y: "Pues si habéis muerto con Cristo en cuanto a los rudimentos del mundo, ¿por qué, como si vivieseis en el mundo, os sometéis a preceptos tales como: No manejes, ni gustes, ni aun toques" (Col. 2:16, 20-21) En Hechos 15:10-11 escribe Pedro: "Ahora, pues, ¿por qué tentáis a Dios, poniendo sobre la cerviz de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros hemos podido llevar? Antes creemos que por la gracia del Señor Jesús seremos salvos, de igual modo que ellos". Aquí Pedro prohíbe cargar las conciencias con muchos ritos, sean de Moisés, sean de otros. En 1ª Timoteo 4:1-2 San Pablo denomina la prohibición de comidas "doctrina de demonios", porque repugna al Evangelio instituir o hacer tales obras con el fin de que por ellas merezcamos la gracia, o como si el cristianismo no pudiera existir sin tal culto.
Aquí los adversarios objetan que los nuestros prohíben la disciplina y la mortificación de la carne, como Joviniano. Pero en los escritos de nuestros teólogos se enseña todo lo contrario. Pues siempre enseñaron, con respecto a la cruz, que corresponde a los cristianos sufrir las aflicciones. Ésta es la verdadera, seria y genuina mortificación, a saber, ser ejercitado en varias aflicciones y ser crucificado con Cristo.
Además enseñan los nuestros que cualquier cristiano debe ejercitarse y sojuzgarse por una disciplina corporal, o por ejercicios y trabajos corporales de tal modo que ni la saciedad ni la ociosidad le tienten a pecar; pero no porque a causa de estos ejercicios merezcamos la gracia o hagamos satisfacción por los pecados. Esta disciplina corporal debe ser urgida siempre, y no solamente para algunos días ya fijados; como manda Cristo en Lucas 21:34: "Mirad también por vosotros mismos, que vuestros corazones no se carguen de glotonería y embriaguez". También en Mateo 17:21: "Pero este género no sale sino con oración y ayuno". Y Pablo dice en 1ª Corintios 9:27: "golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre". Aquí demuestra claramente que castiga su cuerpo de este modo, no para que por esta disciplina merezca la remisión de los pecados, sino para que tenga su cuerpo en sujeción e idóneo para las cosas espirituales y para ejercer su ministerio según su vocación. Por eso no condenamos el ayuno en sí mismo, sino las tradiciones, que, con peligro para la conciencia, prescriben ciertos días y ciertas comidas, como si tales cultos fuesen una obra necesaria.
Sin embargo, entre nosotros se guardan muchísimas tradiciones que conducen a mantener el orden en la Iglesia, como el orden de las lecciones en la misa y los principales días de fiesta. Pero, al mismo tiempo, se advierte al pueblo que tal culto no justifica delante de Dios, y que no debe ser considerada como pecado la omisión de esas cosas, si se hiciere sin escándalo. Esta libertad en ritos humanos no era desconocida por los padres. Pues en el Oriente se observaba la Pascua en distinto tiempo que en Roma , y habiendo los romanos, por causa de esta diferencia, acusado a la Iglesia de Oriente como cismática, fueron amonestados por los demás que no es necesario que tales costumbres sean iguales en todas partes. Ireneo dice: "La diversidad de los ayunos no quita la harmonía de la fe" Como también el Papa Gregorio íntima en dist. 12 que esta diferencia no rompe la unidad en la Iglesia . En la Historia Tripartita, Libro 9, se presentan muchos ejemplos de disparidad en los ritos y se citan estas palabras: "La opinión de los apóstoles no era instituir días de fiesta sino predicar la piedad y una vida consagrada (enseñar la fe y el amor) .
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